viernes, 24 de junio de 2011

La bisagra: del saber cómo al hacer caminos

Ing. Enrique Martínez
Presidente del INTI

Es muy pequeña la fracción de tareas que una institución como el INTI deja de hacer a medida que crece.

Puede ser que en algún caso se decida derivar a otros ámbitos, sean privados o públicos, ciertas labores ya estandardizadas, a las que un seguimiento periódico permite que se realicen sin la participación plena nuestra, lo cual facilita usar el tiempo para otras actividades, además de potenciar a otros grupos.

Pero no es lo dominante en términos cuantitativos.

Lo que sucede y sucedió en todos estos años, en realidad, es que la reformulación de la visión y misión de la institución, amplió el espectro de tareas, más que cambiarlo.

El mayor vínculo con la sociedad, incluyendo a distintos ámbitos del Estado, ha llevado a acumular nuevos saberes, sobre los preexistentes.

Las tecnologías de gestión, por caso, han cobrado una dimensión tal que nos habilitan para ser referentes nacionales para las pymes, asistidos por la cooperación japonesa.

La incumbencia en este tema llega hasta las producciones masivas para el sistema de asistencia social, como los guardapolvos escolares.

Modelos de procesamiento de residuos industriales o urbanos; el diseño de viviendas de interés social; las mejoras en la producción de maquinaria agrícola; las energías eólica o solar aplicadas en pequeña escala; la cadena de valor artesanal de la lana o la leche de cabra; el diseño industrial; las tecnologías para la discapacidad; las soluciones industriales con incorporación de nanotecnología o biotecnología; la propuesta de un vehículo híbrido vial ferroviario; el diseño de plantas industriales completas, como la producción de equipos de refrigeración industrial para Venezuela; son algunos rotundos ejemplos de temas que no solo no se trataban hace una década en el INTI sino que no formaban parte de la oferta tecnológica de la institución.

En todos los casos mencionados y muchos más del mismo tenor, no se trató simplemente de tomar la decisión y avanzar.

En realidad, fue un camino iterativo, donde se advirtió una necesidad de intervención; se identificaron o estimularon los conocimientos requeridos; se verificó que se contaba con el saber cómo y, finalmente, se buscó la visibilidad necesaria para diseminar la posibilidad de brindar asistencia.

Esta secuencia es inagotable.

No solo por la diversidad de temas de tratamiento pendiente en un país como el nuestro, sino por la profundización de las capacidades en cada rubro, que se consigue con la suma del análisis, el estudio y la experiencia que se va acumulando.

Hoy nos encontramos en un punto de inflexión.

En la mayoría de los casos, tal vez en todos, la culminación de nuestra responsabilidad implica transferir el conocimiento a actores productivos concretos.

No se trata, por el contrario, de convertir a fracciones del INTI en tales actores, lo cual limitaría nuestro alcance seriamente.

Sin embargo, la realidad de nuestra Argentina, con una historia de desaliento y de desintegración del tejido productivo, agregada a asimetrías espaciales muy importantes, indicativas de diferencias grandes de capital social entre los centros industriales y el resto de la geografía nacional, nos obliga a recorrer etapas intermedias.

Se percibe la necesidad de sumar al saber cómo el hacer caminos.

Esto quiere decir asumir temporariamente, en soledad o con alianzas transitorias o permanentes, el papel del actor productivo, ante la ausencia de esa función en el tejido social con que nos toca trabajar.

Hacer los caminos que luego otros habrán de transitar.

Hemos descubierto que este concepto es válido en varios campos de trabajo.

Es aplicable cuando se trata de desarrollar una industria alimenticia a escala local en las provincias más pobres.

Operar un matadero, consolidar la provisión de hacienda para el mismo, organizar la cadena de transformación y comercialización aguas abajo de la faena, no son tareas habituales en todo el norte argentino, por caso.

Si se pretende que estos sistemas aparezcan y se consoliden, hoy en el INTI tenemos claro que es el Estado quien debe instalarlos y ponerlos en marcha estable, para luego transferirlos a grupos locales a los cuales previamente se haya ayudado en su formación.

Sin embargo, la idea también es válida para ciertos proyectos con tecnología de punta.

Los consorcios público-privados que auspicia el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva para bienes manufacturados por procesos con participación de la nanotecnología o de la biotecnología, por caso, representan una experiencia nueva, que creemos necesita una lúcida intervención estatal para asegurar su éxito.

Construir uniones transitorias solo entre empresarios acostumbrados a priorizar la competencia antes que la cooperación, no parece un escenario adecuado para aspirar a grandes logros. Tampoco lo sería si los organismos públicos se vieran a sí mismos como pasivos prestadores por demanda de conocimientos técnicos.

La condición, una vez más, es que haya al menos un miembro de esos consorcios que advierta que se está haciendo camino, que hay un interés superior al cual honrar, que no es otro que el beneficio comunitario.

Ni siquiera sistemas teóricamente simples, como organizar una red de talleres de confección de guardapolvos escolares, pueden ser sustentables si no hay un acompañamiento público que logre con el tiempo instalar las prioridades debidas: la calidad y la eficiencia como condición del beneficio empresario.

En esta instancia estamos.

Las manos llenas de trabajo y las cabezas llenas de ideas positivas, a pesar de la historia, a pesar del contexto, que no alcanza todavía a poner el rol público en el lugar de jerarquía que necesita.

Saber Como

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