domingo, 31 de agosto de 2008

Encanto y decepción por la tecnología

El progreso tecnológico genera reacciones subjetivas diversas y su efecto económico no es determinante.
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La economía es una ciencia social que estudia el comportamiento económico de los seres humanos.
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Este estudio se ve dificultado por la complejidad de la mente humana.
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El ser humano frecuentemente acepta comportamientos que le resultan personalmente favorables, pero rechaza indignado -en una generalización del viejo dicho criollo "animémonos y vayan"- los cambios culturales, económicos y sociales que estas conductas generan.
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La permanente relación amor-odio del ser humano con la tecnología es un claro ejemplo de estas contradicciones: aceptamos con gusto el uso de tecnologías que disminuyen el esfuerzo requerido para realizar una tarea, pero nos quejamos amargamente de cómo estas tecnologías "destruyen" empleos y el medio ambiente, aíslan a los individuos, cambian nuestras ciudades y nuestro modo de vida, etc.
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El uso masivo de los automóviles ha modificado radicalmente nuestro modo de vida y el diseño de nuestras ciudades.
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Las "ciudades dormitorios" son hoy una constante en la mayoría de los países, con viviendas suntuosas que sus dueños utilizan casi exclusivamente para dormir.
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El despilfarro de energía es enorme.
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Se calcula que solamente reduciendo la distancia media de manejo por conductor en diez millas, los estadounidenses podrían ahorrar dos millones diarios de barriles de petróleo, lo que equivaldría a un ahorro anual cercano a los cien mil millones de dólares (un tercio del PBI argentino).
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Este cálculo no incluye el costo de "sanear" el medio ambiente.
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Desde un punto de vista económico, estas visiones contradictorias se derivan, por una parte de nuestra incapacidad para diferenciar los efectos de corto y de largo plazo de estas tecnologías, y, por la otra parte, de una tendencia del ser humano a ignorar los efectos de sus acciones sobre el resto de la sociedad.
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Sin embargo, desde un punto de vista psicológico, estas contradicciones parecen también formar parte de los frecuentes dilemas que enfrenta el ser humano.
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Una porción importante de nuestros conflictos históricos es el resultado de enfrentamientos entre aquellos que se sienten impulsados por una duda que así puede formularse:
"¿Qué habrá detrás de esa montaña?" (síntoma de curiosidad intelectual, apertura, modernismo y, tal vez, globalización) y, del otro lado, aquellos que se orientan por afirmaciones de este tenor: "Este pedazo de tierra es mío" (temor a lo desconocido, proteccionismo y conservadorismo).
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Estas contradicciones dificultan el análisis de los procesos económicos.
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La mayoría de los "modelos" económicos utilizan "relaciones de conducta" que asocian las reacciones económicas de agentes económicos "racionales" ante distintos incentivos, pero este supuesto de racionalidad ha sido cuestionado por numerosos analistas (incluyendo un psiquiatra, recientemente galardonado con el equivalente al Premio Nobel de Economía).
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Personalmente considero que la mayoría de las grandes enseñanzas de la economía surgen de la llamada "restricción presupuestaria" y no de los supuestos de racionalidad económica.
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Es frecuente asegurar que vivimos en una época de rápidos cambios tecnológicos sin precedentes en la historia de la humanidad, y que estos cambios están creando una "nueva economía" que mejora la calidad de vida de la población, mejoras que no están siendo captadas por las mediciones económicas tradicionales.
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Esta creencia tiene varias falencias.
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Si bien es cierto que el ritmo de innovación tecnológica es impresionante, su impacto sobre la productividad total de la economía es aun inferior al de las primeras décadas de la posguerra.
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La mayor innovación tecnológica de los últimos tiempos se ha dado en el campo de las comunicaciones.
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Descripciones tales como "la aldea global" o "el mundo es plano" son el resultado de estos avances.
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Los costos de comunicación se han reducido dramáticamente: el costo de un pasaje aéreo es hoy (en moneda de poder adquisitivo constante) menos de 1/6 del vigente en 1930, el costo de las comunicaciones es menos de un milésimo y el de procesamiento de datos menos de un millonésimo de los vigentes en aquel entonces.
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El impacto de esta reducción de costos sobre el desarrollo de la economía mundial es enorme.
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La oficina de Presupuesto del Congreso de los Estados Unidos ha realizado enormes esfuerzos para cuantificar correctamente los impactos económicos de las nuevas Tecnologías de Información (telecomunicaciones, procesadores personales e Internet) como parte de sus esfuerzos para medir la evolución del "PIB potencial", definido como el máximo nivel alcanzable de producción sin presiones inflacionarias.
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Las mediciones muestran que las mejoras tecnológicas explicaban una tasa de crecimiento del PIB potencial del 2,2% durante el período 1951-1973, tasa que se redujo a sólo el 0,7% en el período 1974-1981, para luego recuperarse gradualmente en concordancia con la incorporación de las nuevas tecnologías.
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Esta tendencia fue acompañada por una reducción de la tasa de inversión y por un menor crecimiento de la fuerza laboral, por lo que la tasa de crecimiento potencial se redujo del 3,9% a sólo el 2,7% en la actualidad.
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¿Cómo se explica esta aparente contradicción?
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El uso de las nuevas tecnologías por parte del ser humano no siempre mejora la productividad.
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A modo de ejemplo basta mencionar el caso de los celulares: su uso permitió que muchos de nosotros mejoremos nuestra productividad.
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¿Pero es esta afirmación también cierta en el caso de nuestros hijos?
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¿Mejora su aprendizaje escuchar ring tones durante sus clases?
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¿Mejora su aprendizaje el envío constante de mensajes de texto?
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La respuesta no es sencilla, porque también antes se perdía el tiempo con el teléfono fijo, o con las conversaciones con amigos en la esquina.
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Me gustaría plantear una última duda.
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¿Podemos afirmar que toda mejora en actividad económica mejora nuestro bienestar y nivel de vida?
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La respuesta no es sencilla puesto que depende de las preferencias individuales.
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COLUMNISTA INVITADO
Por: Ricardo Arriazu
Fuente: ECONOMISTA
Clarin
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